Leyendas de Zacatecas – Confecion De Ultratumba
November 10th 2008 Posted at Leyendas de Zacatecas
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Confecion De Ultratumba
Por las noches, cuando la ciudad duerme custodiada por la luna y nada turba su trasparente calma, es mucho más bella aún la quietud de las calles de su romántica Plaza Mayor de la Ciudad Capital. En cierta ocasión a altas horas de la noche llamaron fuertemente con el antiguo y pesado aldabón de hierro, la puerta de la Notaría del Templo de Santo Domingo, donde se alojaba el Padre Martín Esqueda. No causó extrañeza del buen sacerdote que lo fueran a despertar a tales horas, pues estaba acostumbrado a ello, ya que con frecuencia así acontecía, para llevarlo a administrar lo sacramentos a los enfermos graves y como siguieron tocando cada vez con mayor fuerza, se levantó del lecho, se vistió y asomó a la ventana preguntando: – ¿Quién llama? Una mujer de la clase humilde, vestida de negro y cubierta la cabeza con rebozo, contestó: – Yo, padrecito, que vengo a rogarle nos haga la caridad de ir casa, a auxiliar a un enfermo muy grave que tenemos. Por toda contestación el sacerdote salió enseguida con su petaca de mano, tras la mujer que le servía de guía. Atravesaron oscuras y apartadas callejas que desembocan en la antigua Plaza de Toros y al llegar a ésta, la mujer se detuvo y abrió la puerta de una mísera habitación, a la que pasó el padre. El cuarto estaba desmantelado, a la débil luz de una vela de sebo que estaba a la tabla de un viejo y desvencijado cajón de madera, distinguió el sacerdote al enfermo, el cual yacía sobre un sucio petate en el suelo, junto a la pared, en el rincón de la estancia. Cercano al paciente estaba colocado un rústico y tosco banco de madera de tres patas y esto constituía todo el mobiliario de la pieza.
El padre se sentó en el banco y quedóse mirando al enfermo, el cual era un hombre entre los cincuenta y los sesenta años, alto, con el cuerpo enflaquecido, rostro enjuto, demacrado y de amarillento color cadavérico, ojos verdes sin expresión que fijaba con insistencia en las vigas del techo, su anhelante y fatigosa respiración, preludio del estertor de la agonía, se interrumpía a intervalos de una tos seca y cansada, un sudor frío le humedecía la frente y febril temblor sacudía su cuerpo. El padre le tomó una mano y la encontró yerta, con el frío de la muerte, por lo cual comprendiendo su gravedad y viendo que no había un momento que perder, le dijo: – ¿Hijo mío, te sientes muy mal? – Sí padrecito. Contestó el enfermo con desfallecida voz Y quiero confesarme Al oír esto, la mujer que había estado contemplando la escena, salió a la calle. El sacerdote abrió su petaca, sacó la estola, se la colocó sobre los hombros volvió a decir al enfermo: – Bien hijo mío, di tus pecados.
El paciente, no obstante su gravedad tenía completa lucidez e hizo una larga confesión de sus culpas que terminó entre sollozos, signo inequívoco de su gran contrición. El sacerdote al terminar éste relato de sus pecados, lo confortó con sus consejos y le dio la absolución. Luego volvió a abrir la petaca, sacó lo necesario y le administró la extremaunción. Al cabo de ponerle los Santos Óleos, se quitó el padre la estola y la colocó sobre una estaca de madera que estaba clavada en la pared, cerró su petaca, se despidió tiernamente del enfermo y de su mujer, y se fue a su casa.
Al día siguiente como no encontraba la estola en su petaca, recordó que la había dejado olvidada en la estaca en la casa del enfermo y preguntó al sacristán: – Dime, ¿no han traído la estola de la casa del enfermo que fui a confesar anoche? – No padre, no han traído nada. – Vaya, que raro está eso. Al punto mandó al monaguillo por ellas y tras largo rato de espera regresó éste manifestando que había tocado largo rato la puerta de la casa y que nadie le abrió, por lo que creía que estaba deshabitada. Impaciente el padre mandó con apremio al sacristán, el cual dilató en volver el doble tiempo que el acólito y a su regreso dijo al sacerdote lo mismo que aquél, había estado tocando fortísimamente hasta con una piedra y que nadie le abrió, y por lo mismo tenía la seguridad de que en esa casa no vivía nadie.
El padre perdió la paciencia y nervioso fue el personalmente a la casa, con igual resultado que los dos anteriores, pues no obstante lo mucho que tocó, no le abrió nadie, quedando con la certeza de que la casa estaba deshabitaba, pues además todos los indicios demostraban que la puerta hacía largo tiempo que no se abría. Como no encontraba por aquellos arrabales de la Plaza de Toros alma viviente que le informara al respecto, intrigado fue a ver al dueño del edificio, quien al escuchar el relato del padre respondió: – Padrecito, es muy extraño lo que usted me refiere, ¿que no sería víctima de un sueño, o de alguna pesadilla?, porque hace más de un año que tengo desocupados esos cuartos de la Plaza de Toros y por lo mismo durante todo ese tiempo no se han abierto, sino que han permanecido cerrados.
A las afirmaciones del virtuoso ministro del Señor, le argumentó el propietario de la finca: – ¡Créame que me da pavor su caso, Padrecito!, más, pronto sabremos si usted sufrió un sueño o es realidad lo que me dice. Como me asegura que la estola la dejó colgada en una estaca del cuarto de aquél, si es así, allí debe estar, vamos a desengañarnos. Encaminaron sus pasos hacia la Plaza de Toros y, una vez en ella, al meter el dueño la tosca, antigua y pesada llave de hierro en la vieja chapa del cuarto en cuestión, el Padre notó que era la misma con la que la mujer había abierto la puerta la noche anterior. El pasador al girar dio un rechinido de herrumbre, lo cual afirmaba lo asegurado por el dueño, que hacía largo tiempo que no se abría.
Cuando la puerta se abrió percibieron un fuerte olor a humedad. El padre pasó primero y encendió un cerillo, grande fue la sorpresa de ambos al ver enormes telarañas colgando del techo y un sinnúmero de ratas corriendo asoradas hacia sus agujeros, cosa que no viera el Padre la noche anterior. El piso estaba enlozado, pero cubríalo gruesísima capa de tierra sobre la que quedaban estampadas las huellas de los pies. No obstante lo tétrico del cuarto, la estola estaba colgada sobre la estaca de madera, tal y como el Padre lo aseguraba y en el rincón de la estancia había recientes señales del petate y del banco, pero ninguno de los dos aparecieron allí, tan sólo estaba la estola.
Está por demás decir la tremenda sensación que causó entre los pacíficos habitantes el acontecimiento de tal naturaleza y las veladas familiares donde con frecuencia se cuenta este sucedido, termínase manifestando que el buen Padre Esqueda adquirió un recio padecimiento hepático, ocasionado por el fuerte derrame de bilis, a resultado del cual murió después de varios años de haber confesado al enfermo de ultratumba, o no se sabe de dónde vendría, ya que jamás se han vuelto a tener noticias de él.
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ola
es muy bueno yo si creo en esas cosas poq hay muchos casos de esos y a mi todavia no me pasa nada gracias a dio bueno pero yo no tengo miendo porq se q confio en dios