Archive for November, 2008

Videos – LXIV Congreso Campeonato Charro Zacatecas 2008

Todos los Videos del LXIV Congreso Campeonato Charro Zacatecas 2008

Leyendas de Zacatecas – Zacatecas y el Dia de los Muertos

Zacatecas y el Dia de los Muertos

Zacatecas, un estado colonial nos da una muestra de sus tradiciones con el enlace popular de vivos y muertos, conocido internacionalmente como: día de muertos, en la forma que nos dan los pobladores del municipio de pinos.
En la historia, el municipio de Pinos que se encuentra colindando con el Estado de Jalisco al Sur y San Luis Potosí al Este; fue habitados por chichimecas, especialmente por la tribu de los chalchihuites (cabe recordar que también habitaban los tepehuanes del sur y los zacatecanos), quienes en tiempos remotos; hacían distintos ritos religiosos para venerar a sus muertos, y cuando un ser querido moría, la costumbre dentro de esta tribu era poner el cuerpo en una fogata, incinerarlo, y las cenizas que quedaban se repartían entre las personas del ser querido y se metían en una bolsa de cuero que siempre iba atada a su cintura con un lazo que también era del mismo material… de cuero.

Ahora, en tiempos modernos y con el paso de los años, el municipio de pinos es de los más importantes dentro de la celebración de día de muertos, la ofrenda es muy tradicional, no importa si es grande o chica, pobre o rica, ya que la ofrenda de muertos se prepara y se exhibe para agradar a los difuntos o. En ella, que no es sino un altar, se disponen las flores, las velas y veladoras las fotografías, las vasijas, los platones, las botellas y sobre todo los alimentos que habrá de consumir el espíritu que visita a la familia generalmente. Así, lo más común es que en altares domésticos se coloquen panes, tamales, atoles y los platillos típicos como son las gorditas, las calabazas y las enchiladas zacatecanas. Algo muy especial de las ofrendas es que si en la familia había un minero, ( o aunque no lo haya), se ponían distintos tipos de piedras ricas dentro del altar.

Generalmente la ofrenda cuenta con 2 o 3 pisos, a veces contando el piso, en el primer nivel se pone la fotografía del difunto junto con sus pertenencias que según la tradición popular representan el cielo y la tierra respectivamente, en los subsecuentes se realiza un altar de flores, Es por ello que en la mesa se localizan las imágenes de los muertos en culto, y los símbolos de fe, así como los elementos agua y fuego representados por líquidos como el atole, pulque, agua u otras bebidas, y por velas, ceras y veladoras. Sobre el suelo se colocan los elementos que simbolizan el aire y la tierra que en este caso son luminarias en distintas formas como corazones, cruces y coronas.

Lo característico del municipio de pinos en Zacatecas, es que en las luminarias que fueron puestas en el piso, se saltan por las mujeres y los niños chiquitos, no importando las flamas que estas lleguen a alcanzar, ya que este es el lazo que une a los vivos con los muertos. Mientras que la gente grande, junto con los niños que deseen acompañar a sus padres y algunas señoras, suben al cerro mas cercano, y ponen también las luminarias para los muertos que no tuvieron hogar haciendo un pequeño baile característico de la región y con estos pasos saltando las flamas.

Leyendas de Zacatecas – La Calle de Tres Cruces

La Calle de Tres Cruces

La casa de Don Diego de Gallinar, alzaba orgullosa sus tres pisos, junto a las humildes casitas de uno solo, que empezaban a formar la calle que prolongaba la de San Francisco y la cual desembocaba en la plaza principal. Don Diego era tio y tutor de la bellísima Beatriz Moncada, quien acababa de salir del colegio donde se educaba y tenía que vivir bajo la severa custodia de su tío. Se rumoraba que el señor de Gallinar tenia planeado casar a su sobrina con Don Antonio, su único hijo, que por esas fechas andaba en servicio con el señor Marquéz de la Laguna, combatiendo a los piratas, que rondaban y acechaban el puerto de Veracruz y que era un joven calavera que derrochaba el dinero a manos llenas, se decía que una de las razones para llevar a cabo ese enlace era que una vez casada Beatriz con el señor Antonio, el señor Gallinar no tendría que dar cuenta a nadie del patrimonio de la rica heredera, a quien tenía más como presa en su lujosa casona.
Desde hacía algunas noches, que al dar las doce campanadas, se es cuchaban las notas dulces de un violín tocado por un joven desconocido, que apoyado en el poste de un farol que alumbraba dévilmente la desierta calle, arrancaba a su instrumento melodíosos himnos de amor. El músico era un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agustín, que le habían enseñado las artes y ciencias que ellos sabían.

Su nombre era Gabriel García, y Beatriz lo conoció en un concierto de la casa del Conde de San Mateo; pues debido a las buenas referencias que le daban los religiosos a Gabriel, era éste admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces. Beatriz lo oyó tocar y su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista, y una elocuente mirada sirvió para le entregara el corazón. El músico que estaba subyugado, por la hermosura peregrina de aquella niña rubia, comprendió el mudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanza.

Desde entonces, todas las noches al filo de la media noche, iba Gabriel frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón por medio de su música dulcisíma. Beatriz burlando la vigilancia de su dueño subía al mirador encristalado para escuchar a su amado. Mas una noche, la fatalidad del destino tendio sus redes; Don Diego se retiraba más tarde que de costumbre, y se encontró con el concierto frente a su casa; a la luz del farol reconoció inequivocamente a Gabriel.

Ciego de ira, le ordeno que se retirase antes de que lo apalearan sus sirvientes; Gabriel contestó que se retiraba por que tenía que hacerlo, y no por miedo a los palos, pues no era ningún perro y sabía defenderse con la espada en la mano como un caballero; pero viendo el ademán de sacar la espada de Don Diego, le dijo que con él no se batiría por que lo respetaba demasiado. El señor de Gallinar, loco de rabia, le lanzo los peores insultos llamándolo indio mal nacido, aventurero y cobarde seguidos de una bofetada. Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle desenvainó su espada y se puso en guardia con el propósito de defenderse sin agredir a su agresor.

La lucha fue reñida por parte de Don Diego que quería toda costa acabar con su adversario, ya que Gabriel solo se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de Gallinar, quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, clavándose en la espada de Gabriel que solo guisó desviar la mortal estocada, Don Diego se desplomo lanzando una horrible blasfemia; y dejando ver así que se le escapaba la vida.

Gabriel horrorizado se arrodillo a socorrer al moribundo; cuando se abrió el portón de la casona y salió un criado del señor de Gallinar que había presenciado la lucha, al ver a su señor herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacando un puñal del cinto se lo clavó a Gabriel en la espalda y corrió a esconderse dentro de la casa.

Entonces se oyó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos: Era que Beatriz, mudo testigo de estas horribles estas escenas, se había desmayado y su cuerpo, falto de apoyo, rompía los cristales del mirador, para caer y estrellarse en las piedras de la calle, junto con el violín del amado.

Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia, encontró a la débil luz del farol a los tres cadáveres, una mano piadosa, marcó con tres cruces de cal los lugares donde fueron encontrados los tres cuerpos.

Desde esa fecha 2 de Noviembre de 1763 se llamó: LA CALLE DE TRES CRUCES La cual actualmente se localiza exactamente en donde termina la avenida Hidalgo y comienza la calle Juan de Tolosa, un poco más haya del palacio de gobierno del estado y con dirección a las lomas de Bracho.

Leyendas de Zacatecas – La Plazoela De Zamora

La Plazoela De Zamora

Aquel día del año 1696, Don Pedro de Quijano se daba a todos los demonios pues nunca hubiera creído que su única hija, la hermosa Maria Leonor, se enfrentaría con el de la manera que lo hizo, al notificarle que tenia que desposarse con el acaudalado minero Don Juan Antonio de Ponce y Ponce dueño de la hacienda de San José. Al saber la voluntad paterna, la bella niña había contestado con dulce firmeza que preferiría el convento o la muerte antes de ser la esposa de ese señor, a quien respetaba, pero nunca llegaría a querer. Ni los ruegos, ni las amenazas la hicieron cambiar de decisión. El Sr. Ponce y Ponce, con sus 50 años, viudo y dueño de importante caudal, llenaba las ambiciones de Don Pedro, que de la escasa herencia que había dejado su padre, solo le restaba la vieja casona en que vivía en el callejón que lleva su nombre y dicha casa estaba hipotecada. Por esto la negativa de su hija daba al traste con sus proyectos y no resolvía sus apuros económicos.

La razón que tenía María Leonor para desobedecer a su padre era que estaba enamorada locamente y era correspondida del joven José Manuel Zamora, ahijado de Doña Catalina de Sandoval, señora muy rica y virtuosa, gran amiga de la difunta madre de María Leonor. Seis meses hacia que los jóvenes se amaban, protejidos por Doña Catalina que había prometido a la madre de la niña velar por su felicidad, y confiada en la caballerosidad y buena prenda de su ahijado, creía que era el partido que mejor le convenía, ya que Ma. Leonor era pobre y ella pensaba donar a José Manuel todos sus bienes. Pero la ambición de D. Pedro derrumbó tan dulces ilusiones, furioso por la negativa de su hija, se pasó a investigar el motivo y mandó a una mulata que ejercía los mas bajos oficios, a que averiguara todo lo concerniente a su hija y a sus amistades. Antes de una semana, la bruja le llevó los datos más exactos que hubiera deseado saber, y supo:

Que todos los días un embozado seguía a su hija cuando ésta iba a oír misa al convento de la Merced, acompañada de una vieja sirvienta; que terminada la misa la esperaba el embozado, que ya descubierto era un apuesto galán joven quien le ofrecía el agua bendita que ella agradecía con la más dulce sonrisa; que la volvía a seguir hasta su casa y que antes de entrar en ella se volvía Ma. Leonor y él se despedía con una profunda reverencia y, lo más terrible, que por las noches, después del toque de las ánimas, iba el emozado a platicar por el postigo que daba al crucero detrás de la casa. El furor de Don Pedro no tuvo límites pensó castigar duramente a su hija y al galán, y una diabólica idea le ofreció dulce venganza. Corrió entonces el rumor de que se trataba de derrocar al alcalde mayor, Don Juan de León Valdés, quien tenia un poder feudal en esa ciudad, la noticia le pareció de perlas a Don Pedro que fue presuroso a pedir audiencia al sr. alcalde mayor para hablarle confidencialmente de un “Asunto de vida o muerte”.

Inmediatamente fue recibido y puso en obra su asunto plan. Dijo al señor Alcalde que sabía que un individuo rondaba su casa con el propósito de asesinarle por ser él tan adicto al gobierno y otras personas más, que era un espía de los descontentos al régimen de la Nueva España, que si lograba aprenderlo, le encontraría documentos que aprobarían lo dicho por él. Don Pedro llamó a la mulata y le entregó una carta para el joven que iba a rondar su casa, advirtiéndole que no le dijera quien la mandaba. Aquella carta estaba escrita en términos comprometedores. Esa noche al llegar José Manuel al Crucero Quijano, le entregaron una carta que guardo en su bolsillo sin abrir; acababa de abrir el postigo la blanca mano de su amada cuando apareció un piquete de guardia y le intimó a prision por lo que sin despedirse de su amada Ma. Leonor, siguió a los guardias.

Loca de terror, corrió la niña a refugiarse en su oratorio, cuando le salió al paso Don Pedro, quien sin preguntarle de donde venia, le dijo únicamente ; “el cielo siempre castiga la desobediencia”. Tres días después en la plazuela frente a la casa de Don Pedro Quijano, se alzaba un cadalzo en que iba a ser ajusticiado José Manuel Zamora, a quien las torturas no habían restado su valentía. Pálida y demacrada, pero con porte altivo, subió las gradas del patíbulo y dando un beso al crucifijo y una última mirada hacia los balcones de su amada, entregó su cuello al verdugo. Horas más tarde, entraba al convento de la Merced (hoy ex-escuela Normal) Ma. Leonor, donde profesó de religiosa y murió santamente. La plazuela donde muriera angustiosamente José Manuel Zamora, llevó como nombre su apellido

Leyendas de Zacatecas – La Piedra Negra

La Piedra Negra

Todo dio principio por la natural ambición de dos amigos que decidieron abandonar de plano sus ocupaciones para aventurarse a buscar una mina que les diera riqueza. Allá por los ochentas del siglo pasado vivía en Zacatecas Misael Galán, fornido mocetón, tan entusiasta como ingenuo, que disfrutaba de un sueldo aceptable como empleado de un comercio dedicado a proveer las minas de la región de los elementos propios para el laboreo. En el almacén que estaba a su cargo se expendía pólvora, sogas, cubos para elevar el mineral y vaquetas para los cubos , barras, picos y cuñas para excavar, carbón para las fundiciones, etc., y Misael, en contacto con esos materiales soñaba con la oportunidad de poner en práctica sus pretensiones de minero, las instancias de Gildardo Higinio, su amigo de siempre que apoyaba sus propias inquietudes, le habían convencido de invertir sus ahorros en herramientas y materiales para iniciar la búsqueda del yacimiento.

Durante varios fines de semana, ambos amigos caminaron incansablemente por las montañas circunvecinas; especialmente inspeccionaron al poniente de la cordillera que separa a Vetagrande de la capital zacatecana ya que, según Gildardo, por sus pláticas con viejos gambusinos y sus ocho años de experiencia en las minas de San Acacio, sabía localizar fuentes metalíferas. – Por este lado las vetas son innumerables y atraviesan las montañas en todas las direcciones; lo que tenemos que hacer es descubrir una mina que no esté de manifiesto, ¡y a puro gozar! – ponderaba Gildardo Higinio. Comenzaron por acampar en los límites de lo que era terreno libre, donde ya durante cuatro o cinco días habían explorado siguiendo las instrucciones de Gildardo. Con su entusiasmo a cuestas recorrieron el camino a Vetagrande, pasaron por oficinas de beneficio, vieron pequeñas catas, bocas de mina. máquinas de desagüe trabajando, labores antiguas, terrenos y graseros alrededor de los tiros; todo ello en singular contraste con las agrestes montañas que las rodean. Antes de llegar al cerro del Magistral se desviaron al oriente para empezar ahí su búsqueda; todo el día vagaron escudriñando los montes y al atardecer decidieron regresar al campamento para dormir. Al faldear una empinada loma, de improviso se toparon con la entrada de una cueva de extraño aspecto; a pesar de que habían cruzado varias veces por el lugar, no le parecía conocida, ¿les habría pasado inadvertida? ¡No, seguros estaban de que antes no la habían visto! Como movidos por un mismo impulso, se acercaron a la entrada, con precaución. Ya dentro de la caverna, a poco andar se presentó ante sus ojos algo fantástico: incrustada en el peñasco se veía claramente una gran roca refulgente.

Ante tan maravilloso descubrimiento, y pasada su sorpresa, los dos jóvenes lanzaron gritos de alegría, y con entusiasmo se dedicaron a escarbar alrededor de la piedra. “¡Esto es oro!”, decían con exaltación los afortunados y ovicios gambusinos. “Sin duda esta es la línea de una buena veta, comentaban. Buen tiempo trabajaron, alternándose en la tarea; mientras uno borneaba la barrena o sostenía la cuña que se incrustaba en los cantos de piedra, el otro golpeaba el marro, hasta que lograron su empeño. Desprendida la piedra, pasando por numerosos trabajos debido al peso de su carga y a lo accidentado del terreno, a campo traviesa lograron llevarla hasta el arroyo que baja de Vetagrande, y frente a ella quedaron extasiados contemplando su flamante tesoro. Volviendo de su ensimismamiento, comenzaron por desconfiar de que hubiesen sido descubiertos por otros gambusinos de los muchos que merodeaban los alrededores, ocupados en el mismo que hacer de ellos. Tras breves minutos, y enmedio del silencio nocturno que reinaba a su alrededor, concluyeron que estaban solos. No podían dormir, a pesar del cansancio y de ser ya pasada la media noche. Cada quien elucraba lo que había de disfrutar el resto de su vida con ese descubrimiento.

Al recordar de nuevo la piedra, con sobresalto examinaban si había alguna amenaza que pusiera en peligro sus vidas o su preciado bien. A ratos se miraban uno al otro al otro con mutuo recelo e inquietud, sin saber definir hacia dónde se inclinaba su estado de animosidad. A la distancia sólo se escuchaban los ladridos de los perros del pueblo de Vetagrande. En su entorno se fueron espesando las sombras… Vetagrande ha sido uno de los más ricos veneros de metales preciosos que ha fabricado la naturaleza en el estado de Zacatecas. Se ubica a cinco kilómetros de la capital del estado, y tanto por la extensión de sus trabajos como por las cuantiosas cantidades de minerales extraídos durante muchos años, dieron significativa fuerza al régimen colonial y propiciaron el desarrollo económico de la región. En breve tiempo a partir de su descubrimiento, se creó la villa de Nuestra Señora de Guadalupe de Vetagrande nombre oficial que tuvo al principio de la época colonial.

Pese a que el gobierno español puso especial empeño en la organización de la producción minera, no se dispone de una cifra exacta de los rendimientos de las minas de Vetagrande durante el régimen virreinal; lo que si se sabe es que, tanto por la extensión de sus trabajos como por la enorme cantidad de plata que estos yacimientos produjeron al comienzo de su explotación, originaron que se creará la nobleza de Zacatecas. Los condados de Valparaíso, de Bernárdez y de Santa Rosa, fueron títulos de mucho esplendor. Existen curiosos documentos antiguos que establecen las fechas de apertura de las minas fundadas alrededor de Vetagrande; las de San Bernabé, Albarrada, los tajos de Pánuco, ostentaron tan alta ley en sus minerales que motivaron la búsqueda de otros yacimientos en las cercanías. Las grandes expectativas de bonanza fueron causa principal de que toda la gente de Zacatecas estuviera vinculada a la rama de la minería.

La palabra “plata” hizo que se poblaran Zacatecas y Vetagrande de mineros, gambusinos y buscones que se sostenían principalmente de la esperanza de encontrar una buena veta. Nadie sabe que pasó durante el resto de la noche, el caso es que al día siguiente un joven pastorcito descubrió los cuerpos yertos de los dos frustrados mineros; a toda prisa y con la excitación propia de quien ve la muerte por vez primera, a gritos divulgó su macabro encuentro. Como fuego en un pajar corrió la noticia y muchos curiosos concurrieron al sitio señalado por el pastor. Diego Romo, representante de la autoridad, levantó acta que decía: “En el crucero del arroyo fueron recogidos dos cuerpos de quienes en vida respondieron a los nombres de Misael N. y Gildardo N. Presuntamente la causa de ambas muertes fue una riña entre ellos mismo, uno de ellos presenta fractura cranea producida, según todos los indicios por caída directa sobre una piedra que contiene oro pimente…”. La tierra reclama al hombre que vuelva a sus raíces; los cuerpos fueron inhumados en sagrado; los motivos que condujeron a su muerte permanecieron en el misterio.

Quizá ante la presencia del supuesto oro descubierto, los dos infortunados se vieron condenados a ser juguetes de esa fiera funesta que es la codicia. La piedra también fue olvidada y poca atención le prestaron quienes sí conocían de metales, ya que a este compuesto de arsénico y azufre le atribuían escaso valor. Y, sería coincidencia o de veras maleficio, el caso es que días después, al pasar un grupo de jóvenes que iba de paseo, alguien señalo la piedra recordando aquel trágico suceso, y uno de ellos exclamó: “¡Precisamente necesitaba yo una buena piedra para afilar mi cuchillo!”, y empezó a frotar el borde de su instrumento en la brillante piedra. Con movimientos acompasados realizaba afanoso su tarea desentendiéndose de los demás. Parecía transformado, él que era de natural alegra y comunicativo; embelesado contemplaba los brillos del filo de su cuchillo producidos por su labor. A las llamadas de sus amigos reaccionó con su movimiento agresivo, y a la burla del que permanecía más cercano a él, quien se mofo de su exagerada forma de afilar su arma, replicó con feroz cuchillada, salvándose el impertinente de herida grave, si bien alcanzó a recibir profundo tajo en su brazo. Advertidos del peligro, cuatro de los más arrojados se lanzaron sobre el agresor que se aferraba al arma, sujetándolo para lograr que con alivio de todos volviera a la calma. Más tarde, el actor principal de este hecho juraba no recordar nada de lo ocurrido. A partir de entonces, la piedra del crucero del arroyo adquirió fama de propiciar el crimen, pues la añeja costumbre de los barreteros de portar cuchillos, dagas o tranchetes para múltiples usos, como cortar sogas, trozar correas, perforar la suela del huarache o pelar tunas propiciaba que, dado el caso, se les empleara como arma de defensa o de ataque por “motivos de honor” o causas baladíes, con funestos resultados. La superstición no en todos tiene cabida, pero la gente se dio cuenta que por repetida coincidencia, aquel que amolaba su piedra del arroyo de Vetagrande, luego en algún baile o simplemente andando en copas, de seguro provocaba un pleito o lesionaba a su rival, aún siendo “muy amigos”; consecuentemente, abundaron los heridos y los muertos. También observaba la gente que, conforme crecía la cifra de hechos de sangre protagonizados por rijosos que afilaban sus armas en la ya famosa piedra, ésta iba mudando su color. “De meses a la fecha”, advertían, “la piedra toma un tinte más oscuro, se está volviendo negra”.

Un episodio que confirmó la sospecha de que algún maleficio debía comunicar la piedra cuando en ella se afilaba un arma fue el pleito de Andrés Mendívil y Lorenzo Rafael. Era este Lorenzo muy dado a fanfarronear, tanto pendenciero y galanteador como de manirroto. Gustaba de derrochar en parrandas, convidando a golleteros y mujercillas que le rondaban alabando sus atributos y sus hazañas, ciertas o imaginarias. Andrés, por el contrario, mostraba una pasividad rayana en mansedumbre y, era su gusto, sentarse solo a la vera del camino, alejado del bullicio tabernario, para cantar pulsando su guitarra, y suspirar por el amor de María Paloma de Ávila, la muchacha más codiciada del rumbo. Al salir de la mina, Andrés era de los primeros en llegar a su casa, asentada al pie de la Bufa por el barrio de la Pinta, nombre tomado de una antigua hacienda de beneficio de plata propiedad de un español. Ese domingo, Andrés Mendívil estaba decidido a conquistar los favores de Paloma. Temprano se dirigió a la presa de los Olivos para bañarse en las tinajas de agua talladas en las rocas; el profundo amor que sentía bullir en sus entrañas lo animaba tanto que ni lo helado del agua sentía; con hojas del jaral estropajeaba su cuerpo para remover el polvo de la mina.

A la salida de misa, resuelto y temeroso a un tiempo, Andrés acompaño a Paloma un largo trecho sin hablar, ofreciéndole solo una flor. Para animarlo, Paloma le advierte: – En la siguiente esquina es mi casa. – ¡Ah, sí…! – Ibas a decirme algo… – Sí – se desata él -, que te quiero, que quiero que me quieras, que deseo saber si puedo tener la dicha de soñar en que algún día merezca yo tu atención; que el trabajo, que para mí es una alegría, y contemplar la luz del cielo y los árboles, ya nada significan si no es sabiendo de tus labios que me dejas quererte. Agradablemente sorprendida por aquella desbordante confesión de amor, Paloma sólo atinó a contestar: – Sí, sí, todo está bien; yo, este…, también… Adiós. Con el brío que comunica el amor correspondido, Andrés contemplaba la vida con plenitud; cumplía sus labores con entusiasmo, disfrutando de antemano las recatadas caricias que se prometía del precavido acercamiento con Paloma, a quien ya su familia había concedido el permiso para que entablara relaciones con él, una vez hecha su franca promesa de matrimonio. Mas tanta dicha no podía durar. El diablo del Diablo, que nunca duerme, hizo que se topara el fanfarrón de Lorenzo con Paloma, a quien intentó abordar, y un grupo de amigos que se dieron cuenta del rechazo que recibiera su respuesta, acicatearon a Lorenzo para que en vías de demostrar tanto su hombría como sus dotes de conquistador, dejase a un lado sus logros amorosos baratos y sedujera a la casta Paloma.

Aceptada la apuesta, Lorenzo Rafael dedicó a partir de ahí todo su desocupado tiempo al asedio constante de la buena muchacha. A medida que se aproximaba la fecha de la boda, intensificaba Lorenzo su campaña de conquista, y cuanto más decidido sentía el rechazo de la dama, tanto más se enervaban sus morbosas ansias de rendirla. La prudencia femenina, o la reticencia de Paloma, la hicieron reservarse de comunicar a Andrés acerca de los requerimientos de que era objeto. Quince días faltaban para el esperado connubio, y ese domingo Andrés hubo de aceptar que era verdad aquello que ni siquiera sospechara, por comunicárselo un amigo digno de toda fe. Decidido a reclamar lo suyo y cualquier ofensa hecha a su amada, solicitó al oficioso informante: – ¿Me puedes prestar tu cuchillo? – ¡Claro! – repuso su interlocutor, tomándolo enfundado de la apretada faja que le rodeaba la cintura-. Pero ten cuidado: ayer mismo, al salir de la mina lo afilé en la piedra del arroyo de la Veta… En cuanto tuvo contacto con el arma, Andrés se sintió poseído de un furor homicida. Fue directo al mesón del Vivac, donde sabía que se encontraba aquél a quien ya consideraba como enemigo.

En el trayecto se torturaba cavilando si alguna culpa tendría su novia, pero se reconfortaba al evocar todos los momentos desde que lo aceptara como novio, y veía siempre verdad en sus ojos, apreciaba sinceridad en sus palabras, palpaba veraz honestidad en su trato. Acudía a su memoria cómo siendo ya “novios oficiales” y con permiso de platicar más allá de tiempo usual, la naturaleza les inclinaba a saborear, con mutua aceptación, las primicias del amor, y cuando a pesar del hermoso apetito de la juventud ella se retenía, él admitía sus negativas por saberla pura y querer llevarla así hasta el altar. Pensando en esto, se recrudecían su coraje y su rencor en contra de Lorenzo Rafael. Antes de entrar al Vivac se alcanzó a escuchar el llamado de Paloma, al que no prestó atención; ella, igualmente advertida por una amiga de que Andrés iba en busca de Lorenzo Rafael, pretendía evitar el encuentro. Decidido, Andrés entró al Vivac, y apenas traspuso el umbral, un silencio ominoso invadió al lugar. El vecino de Lorenzo, alzando una copa, con disimulo le previno acerca de la aparición del prometido de Paloma. Lorenzo no se inmutó; obligado por la presencia de sus amigos, su habitual postura de fanfarrón se hizo manifiesta, confiado además en aventajar al recién llegado. Sabidas por todos los presentes eran, tanto la bravura de Lorenzo como la pasividad de Andrés se plantó retadoramente ante Lorenzo Rafael, en un desplante viril de quien no soporta más el impulso de manifestar su legítimo reclamo. El aludido le sostuvo la mirada y le dijo todavía en tono burlón: ¿No andas perdido de rumbo? ¿Buscas algo aquí, o con alguien? – Sí – contestó Andrés -. Busco respuesta de ti. Percibiendo Lorenzo la energía contenida en la réplica de Andrés, nerviosamente alardeó: – Conmigo cualquier hombre que sea muy hombre encuentra lo que quiera.

Las palabras sonaban con eco por el silencio reinante. Con calma habló Andrés: – Si alzas tanto la voz, tienes que sostenerte; y ya está dicho. “Ábranse”- se dirigió a los demás, mostrando su acerado puñal y amagando en abierto desafío a su rival. Este a su vez se puso en guardia, manejando arma similar con soltura y aplomo. Luego de dos o tres giros de tanteo, Lorenzo ataca con celeridad a Andrés, quien con asombroso quiebre desaparece del frente del Lorenzo, rodando a su costado. En los siguientes golpes, cambia la actitud confiada de Lorenzo que siente, al igual que los circunstantes, no tenerlas todas consigo, Por el contrario, ven al antes pacifico Andrés manifestar un valor y un agilidad insospechadas; el brillo de su puñal se entreteje con el brillo de sus ojos, y una fiereza inaudita parece poseerlo, eludiendo golpes de su adversario y mostrando seguridad en cada movimiento se trasluce su disposición de ajusticiarlo. Cuando asesta una certera cuchillada a Lorenzo y se prepara para darle otra mortal, un grito y la presencia de Paloma deja a todos expectantes; en un acto impetuoso, Paloma se interpone entre los rivales; abrazando a su amado apremia a los presentes a pacificar aquella brega e implorante hace que Andrés se desprenda del arma homicida y se aleje de su compañía.

Si en este caso pudieron evitarse trágicos resultados, su trascendencia radica en que la transformación de un individuo pusilánime en un temerario retador se atribuyó popularmente a las virtudes insufladas por la oscura piedra. No habrían de tener la misma suerte otros rijosos, al sufrir en carne propia daños lacerantes, secuela de las constantes riñas que se sucedieron durante meses, raro fue el fin de semana en que, especialmente por los barrios de la Pinta, del Vergel y de Mexicapán, donde predominaban los mineros, al clarear el domingo camino de la iglesia podían decir las mujeres piadosas, santiguándose: “Bendito sea Dios, ya amanece y al parecer no hubo muertos”. Consternada, la ciudad se enteraba que volvía a estallar el odio entre familias; se comentaba con presagio de nuevas tragedias que Fulanito y Zutanito, sobrinos del de la semana pasada, ya habían ido al arroyo de Vetagrande a filar sus armas en la piedra negra. ¡Negra estaba ya la piedra señalada para acicalar las armas mortales! Negro luto vestían muchas familias y trágicamente negro veían el futuro inmediato para un sector importante de la población las autoridades civiles y eclesiásticas que, frente a la incesante repetición de hechos sangrientos, cada vez más preocupadas estaban por el cariz que ofrecían los acontecimientos.

En discreta reunión entre el gobernador del estado y el tercer obispo de la Diócesis de Zacatecas, fray Buenaventura del Corazón de María Portilla y Tejada, decidieron adoptar medidas eficaces, cada quien según sus medios, para remediar tan caótica situación. El 15 de abril de 1888, el señor obispo, acompañado de su sabio consejero, el primer deán de la catedral canónigo fray Félix Palomino, y de cuatro diáconos del seminario tridentino de Santa María de Guadalupe, salieron al anochecer rumbo al camino de Vetagrande para realizar un conjuro contra las fuerzas demoniacas que irradiaban de aquella piedra. Durante mucho tiempo, la gente “se hizo cruces” de porqué y cómo había desaparecido la piedra negra de su emplazamiento. Varias noches de desvelo hubieron de tener el obispo y los canónigos para discernir, invocando el divino acierto, el destino que debería asignarse al diabólico objeto; disquisiciones teológicas y pruebas exorciales debieron de hacerse para atarlo en sagrado, sin mancillar el lugar.

Meses después, sosegada la fascinación de la gente belicosa por acrecentar el poder de su arma asentándola en la piedra negra, ésta fue descubierta por el vecindario, puesta a buen recaudo en sacro lugar. El sitio escogido por aquel obispo para instalar la piedra fuera del alcance de los pendencieros, fue en lo alto del muro posterior de la catedral, empotrada precisamente abajo de la campana chica que servía para llamar al sacristán. Este es el único bloque de color sombrío que en su fábrica tiene la catedral. Hay quien asegura haber presenciado, particularmente en días de lluvia, desprenderse de la piedra espectrales fulgores azulosos capaces de infundir temor y zozobra a los testigos del fenómeno. Usted la puede ver fácilmente desde donde arranca la calle Ángel, a espaldas de la catedral; apreciará el tamaño a que quedó reducida y, si tiene paciencia y ciertas dotes de observación, quizá podrá notar algo más con relación a la maléfica piedra negra.

Leyendas de Zacatecas – La Filarmonica

La Filarmonica

Aquella mañana de 1600, todo era entusiasmo y alegría en la quinta llamada “Villa de Rosas”, pues era esperada con ansia la llegada de sus nuevos moradores, el bizarro capitán D. Jorge Temiño de Bañuelos y su bellísima esposa Perla Santini, hija de un músico italiano que acababa de morir en Veracruz. La única condición que había puesto la gentil desposada para dejar aquellas hermosas tierras y venirse a vivir a esta barranca, fue que viviría alejada de toda sociedad por razón de su luto. Y el enamorado esposo le mandó construir la “villa” a extramuros de la naciente ciudad. Estaba construida en medio de un jardín todo cubierto de rosas, de ahí ese poético nombre; una fuente de cantera rosa, primorosamente labrada, cuyos surtidores murmuraban dulcemente y en torno muchas palomas blancas completaban el paisaje. Los salones majestuosamente amueblados al estilo de aquella época y en el salón principal un hermosos piano, porque la joven señora amaba con pasión la música.

En fin, la mansión era un estuche digno de tan hermosa “Perla”. Cuando la litera llegó frente a la quinta, se abrió la verja de hierro forjado y salieron en tropel los amigos a recibir a los desposados; los subordinados esperaban formados en las enredadas calles del jardín y entre ellos entraron los jóvenes seguidos por un cortejo y pisando una alfombra de hojas de rosa. Perla agradeció emocionada las muestras de cariño de sus amigos y servidores, tuvo para todos palabras dulces, sinceras y en su corazón prometió ser feliz y hacer la felicidad de todos los que la rodeaban.

Al día siguiente la risa cristalina de Perla se escuchaba por la quinta y su voz maravillosa acompañada del piano cantaba bellas canciones de su país . El Capitán se creía transportado al paraíso. Más su dicha fue de poca duración. Un mes después el enamorado esposo fue llevado a combatir a los indios de Juchipila que se habían amotinado y tuvo que partir con el corazón destrozado dejando a Perla sumida en la mayor desesperación. Dejo una guardia al mando de un amigo muy adicto que le juro cuidar celosamente a su “tesoro”.

Las risas no volvieron a escucharse ni las canciones; una muda desesperación se apoderó de Perla y sólo el piano era su única distracción, pero sus melodías eran tan tristes como su alma. En vano sus amigos trataron de distraerla y la invitaban a venir con ellos a la ciudad; rechazó todas las ofertas y cerro la quinta a todos; solo su servidumbre compuesta de nativos tan callados y tristes como ella eran sus únicos compañeros. Se pasaba los días sentada en el amplio ventanal haciéndose la ilusión de que en el horizonte veía la gallarda silueta de su amado. De ella pudo decir el poeta: “El bello castillo se erguía sobre las rocas como centinelas de aquella comarca y allí la princesa por él suspiraba” En sus largas noches de insomnio se sentaba al piano y tocaba hasta el amanecer, los centinelas y los pocos caminantes que pasaban por ahí la creyeron loca, y empezaron a llamarle “La Filarmónica”.

Una noche que tocaba como nunca, se interrumpió la bellísima melodía para no volver a empezar; el sargento de guardia se extraño de esto, ya que estaba acostumbrado a oírla tocar toda la noche. Al día siguiente su camarera la encontró muerta sobre el piano como un lirio tronchado por el vendaval. Días después llegó la noticia que el valiente capitán Don Jorge Temiño de Bañuelos había perecido en el ataque a los indios sublevados. La fecha y hora coincidían con las de la muerte de su adorada Perla.

Los parientes cercanos del capitán heredaron sus bienes, sólo la villa nadie la quiso ocupar por un temor supersticioso, así quedó abandonada; los rosales se agotaron, los pájaros y las palomas huyeron. Los caminantes que pasaban en viaje nocturno hacia las minas, aseguraban que después de la media noche se iluminaba el ventanal y una música maravillosa se escuchaba, hasta que al rayar el alba se apagaba la luz y un tristísimo lamento repercutía hasta muy lejos. El nombre de “Villa de Rosas” quedó olvidado, ahora la siguen llamando “La Filarmónica”.

Leyendas de Zacatecas – Confecion De Ultratumba

Confecion De Ultratumba

Por las noches, cuando la ciudad duerme custodiada por la luna y nada turba su trasparente calma, es mucho más bella aún la quietud de las calles de su romántica Plaza Mayor de la Ciudad Capital. En cierta ocasión a altas horas de la noche llamaron fuertemente con el antiguo y pesado aldabón de hierro, la puerta de la Notaría del Templo de Santo Domingo, donde se alojaba el Padre Martín Esqueda. No causó extrañeza del buen sacerdote que lo fueran a despertar a tales horas, pues estaba acostumbrado a ello, ya que con frecuencia así acontecía, para llevarlo a administrar lo sacramentos a los enfermos graves y como siguieron tocando cada vez con mayor fuerza, se levantó del lecho, se vistió y asomó a la ventana preguntando: – ¿Quién llama? Una mujer de la clase humilde, vestida de negro y cubierta la cabeza con rebozo, contestó: – Yo, padrecito, que vengo a rogarle nos haga la caridad de ir casa, a auxiliar a un enfermo muy grave que tenemos. Por toda contestación el sacerdote salió enseguida con su petaca de mano, tras la mujer que le servía de guía. Atravesaron oscuras y apartadas callejas que desembocan en la antigua Plaza de Toros y al llegar a ésta, la mujer se detuvo y abrió la puerta de una mísera habitación, a la que pasó el padre. El cuarto estaba desmantelado, a la débil luz de una vela de sebo que estaba a la tabla de un viejo y desvencijado cajón de madera, distinguió el sacerdote al enfermo, el cual yacía sobre un sucio petate en el suelo, junto a la pared, en el rincón de la estancia. Cercano al paciente estaba colocado un rústico y tosco banco de madera de tres patas y esto constituía todo el mobiliario de la pieza.

El padre se sentó en el banco y quedóse mirando al enfermo, el cual era un hombre entre los cincuenta y los sesenta años, alto, con el cuerpo enflaquecido, rostro enjuto, demacrado y de amarillento color cadavérico, ojos verdes sin expresión que fijaba con insistencia en las vigas del techo, su anhelante y fatigosa respiración, preludio del estertor de la agonía, se interrumpía a intervalos de una tos seca y cansada, un sudor frío le humedecía la frente y febril temblor sacudía su cuerpo. El padre le tomó una mano y la encontró yerta, con el frío de la muerte, por lo cual comprendiendo su gravedad y viendo que no había un momento que perder, le dijo: – ¿Hijo mío, te sientes muy mal? – Sí padrecito. Contestó el enfermo con desfallecida voz Y quiero confesarme Al oír esto, la mujer que había estado contemplando la escena, salió a la calle. El sacerdote abrió su petaca, sacó la estola, se la colocó sobre los hombros volvió a decir al enfermo: – Bien hijo mío, di tus pecados.

El paciente, no obstante su gravedad tenía completa lucidez e hizo una larga confesión de sus culpas que terminó entre sollozos, signo inequívoco de su gran contrición. El sacerdote al terminar éste relato de sus pecados, lo confortó con sus consejos y le dio la absolución. Luego volvió a abrir la petaca, sacó lo necesario y le administró la extremaunción. Al cabo de ponerle los Santos Óleos, se quitó el padre la estola y la colocó sobre una estaca de madera que estaba clavada en la pared, cerró su petaca, se despidió tiernamente del enfermo y de su mujer, y se fue a su casa.

Al día siguiente como no encontraba la estola en su petaca, recordó que la había dejado olvidada en la estaca en la casa del enfermo y preguntó al sacristán: – Dime, ¿no han traído la estola de la casa del enfermo que fui a confesar anoche? – No padre, no han traído nada. – Vaya, que raro está eso. Al punto mandó al monaguillo por ellas y tras largo rato de espera regresó éste manifestando que había tocado largo rato la puerta de la casa y que nadie le abrió, por lo que creía que estaba deshabitada. Impaciente el padre mandó con apremio al sacristán, el cual dilató en volver el doble tiempo que el acólito y a su regreso dijo al sacerdote lo mismo que aquél, había estado tocando fortísimamente hasta con una piedra y que nadie le abrió, y por lo mismo tenía la seguridad de que en esa casa no vivía nadie.

El padre perdió la paciencia y nervioso fue el personalmente a la casa, con igual resultado que los dos anteriores, pues no obstante lo mucho que tocó, no le abrió nadie, quedando con la certeza de que la casa estaba deshabitaba, pues además todos los indicios demostraban que la puerta hacía largo tiempo que no se abría. Como no encontraba por aquellos arrabales de la Plaza de Toros alma viviente que le informara al respecto, intrigado fue a ver al dueño del edificio, quien al escuchar el relato del padre respondió: – Padrecito, es muy extraño lo que usted me refiere, ¿que no sería víctima de un sueño, o de alguna pesadilla?, porque hace más de un año que tengo desocupados esos cuartos de la Plaza de Toros y por lo mismo durante todo ese tiempo no se han abierto, sino que han permanecido cerrados.

A las afirmaciones del virtuoso ministro del Señor, le argumentó el propietario de la finca: – ¡Créame que me da pavor su caso, Padrecito!, más, pronto sabremos si usted sufrió un sueño o es realidad lo que me dice. Como me asegura que la estola la dejó colgada en una estaca del cuarto de aquél, si es así, allí debe estar, vamos a desengañarnos. Encaminaron sus pasos hacia la Plaza de Toros y, una vez en ella, al meter el dueño la tosca, antigua y pesada llave de hierro en la vieja chapa del cuarto en cuestión, el Padre notó que era la misma con la que la mujer había abierto la puerta la noche anterior. El pasador al girar dio un rechinido de herrumbre, lo cual afirmaba lo asegurado por el dueño, que hacía largo tiempo que no se abría.

Cuando la puerta se abrió percibieron un fuerte olor a humedad. El padre pasó primero y encendió un cerillo, grande fue la sorpresa de ambos al ver enormes telarañas colgando del techo y un sinnúmero de ratas corriendo asoradas hacia sus agujeros, cosa que no viera el Padre la noche anterior. El piso estaba enlozado, pero cubríalo gruesísima capa de tierra sobre la que quedaban estampadas las huellas de los pies. No obstante lo tétrico del cuarto, la estola estaba colgada sobre la estaca de madera, tal y como el Padre lo aseguraba y en el rincón de la estancia había recientes señales del petate y del banco, pero ninguno de los dos aparecieron allí, tan sólo estaba la estola.

Está por demás decir la tremenda sensación que causó entre los pacíficos habitantes el acontecimiento de tal naturaleza y las veladas familiares donde con frecuencia se cuenta este sucedido, termínase manifestando que el buen Padre Esqueda adquirió un recio padecimiento hepático, ocasionado por el fuerte derrame de bilis, a resultado del cual murió después de varios años de haber confesado al enfermo de ultratumba, o no se sabe de dónde vendría, ya que jamás se han vuelto a tener noticias de él.

Leyendas de Zacatecas – Callejon del Mono Prieto

Callejon Del Mono Prieto

La razón por lo que Doña Marciana Castillo, tuviera fama de bruja, se debía a la vida tan misteriosa que llevaba. La casa en que habitaba, estaba aislada de las demás que formaban la antigua Calle de la Merced, hoy de la Ciudad, no tenía ventanas y sobre la azotea, ostentaba un feísimo torreón con angostas mirillas y los “pretiles” estaban defendidos con pedazos de vidrio. Era fama de que en las altas horas de la noche, el torreón se iluminaba y un humo espeso nauseabundo salía por la tobera que sobre él había. Por toda compañía tenía la “hechicera”, un horrible mico, que era el terror de los chiquillos del barrio, que se creía que era el diablo en persona. Se presumía que Doña Marciana, tenía mucho dinero porque siempre que se abastecía de combustibles, en el tendajón del barrio, cambiaba monedas de oro. Sus trajes eran de seda, de varios colores, sus chales de “burato”, con largos flecos, los dedos cubiertos de anillos y en el pecho muchas sartas de corales.

Más a pesar de su indumentaria, su aspecto era repulsivo, por tener el rostro cubierto de cicatrices, los ojos ribeteados de rojo y el cuerpo contrahecho. Nunca hablaba con nadie, ni iba a la iglesia, ni daba limosna, su puerta y su corazón estaban cerrados al bien. Una vez llamó a su puerta una infeliz mujer a quien su marido, un borracho perdido, había golpeado y arrojado del humilde cuarto en que vivían, llevando un niño en los brazos y pedía por caridad, un pedazo de pan y que se le permitiera pasar la noche detrás de la puerta, por temor de que su marido la encontrase, Ella no sabía la fama de aquella mujer y si llego allí fue porque vio luz en la torre, la “bruja” no quiso socorrerla y debió asustarla el mico, porque la encontraron muerta, con el terror pintado en su rostro cubierto de arañazos, el niño había desaparecido. Los vecinos furiosos pretendieron asaltar la casa y hacer un acercamiento pero se los impidió el Comisario del barrio y como nada le pudieron probar a doña Marciana, no se hizo justicia con la “bruja”.

Pero el odio de la gente estaba encendido y no podía salir de su casa porque la esperaba un diluvio de pedradas, su puerta estaba bloqueada de basura y desperdicio y en vano pedía auxilio a las autoridades porque nadie acudía. Por fin, una noche se oyó una detonación y los aterrados vecinos pudieron ver salir llamas azules y rojas del torreón de marras, nadie fue a auxiliarla porque creyeron cándidamente que a la “bruja” se le había llevado el diablo. Al día siguiente se presentaron las autoridades y penetraron al antro; arriba en el torreón de marras, encontraron el cadáver de Doña Marciana desfigurado por la explosión, sobre de ella, estaba el mico haciendo horribles visajes dando agudos chillidos, tuvieron que lazarlo para poder acercarse a la puerta, sólo que los lazadores apretaron tanto que lo ahorcaron. No se supo que motivó la explosión, ni lo que hacia Doña Marciana en su laboratorio.

La casa fue demolida buscando tesoros que no se encontraron, el vulgo llamó al callejón donde estaba ubicada la casa “El Callejón del Mono Prieto”

Leyendas de Zacatecas – El Callejon Del Indio Triste

El Callejon Del Indio Triste

Era el año de 1548. Veinte meses hacía que estas tierras estaban bajo el dominio español. El pueblo de Tlacuitlapán, todo desolación, porque su Señor y Caudillo, el valiente Tlácuitl, se encontraba moribundo en su prisión. Su hija, la hermosa Xúchitl, la última princesa chichimeca, se hallaba a su lado llorando amargamente y unos cuantos servidores le acompañaban. De pronto, un destello de esperanza iluminó los empañados ojos del agonizante: era el Señor del Pánuco, su gran amigo y aliado, Xólotl, el valiente, burlando la vigilancia a los carceleros, acababa de llegar. Haciendo un penoso esfuerzo, el moribundo, le hizo una seña de que se acercara hasta su lecho y tomándolo lo unió a la mano desamparada de Xúchitl; y como si nada más esto esperara, cerró para siempre sus ojos, dejando a su pueblo a merced del vencedor y a su hija bajo el amparo de su proscrito.

Cuando Xúchitl comprendió que su padre había muerto, deshaciéndose de la mano de su prometido, se arrojó sobre el cadáver, pidiendo que le llevara consigo. Después de los funerales del último Señor de Tlacuitlapán, quedaron en libertad sus servidores y Xúchitl se fue a vivir con ellos. Xolótl también quedó libre y en vano rogaba a Xúchitl que se casara con él, en cumplimiento de la voluntad de su padre; ella le contestaba que su pesar era tan grande que no quería saber nada de amores. Pero la verdad era que la ironía del destino, Xúchitl se había enamorado del Capitán D. Gonzalo de Tolosa, sobrino del conquistador Don Juan de Tolosa. Lo había conocido en la prisión y a su poderosa influencia debía que ni su padre, ni ella, ni ninguno de sus servidores fueran maltratados; su padre fue debidamente atendido durante su enfermedad y sus funerales fueron dignos de su rango; por eso lo amaba con todas sus fuerzas de alma virgen.

El también la quería y sólo esperaba, para hacerla su esposa, que dejara la religión de sus mayores y se hiciera istiana. Fray Diego de la Veracruz, había emprendido la catequización de la princesa que avasallada por el amor de D.Gonzalo se rendía sumisa a todas las exigencias de éste. Un día supo Xólotl que su adorada Xúchitl se casaba con el Capitán después de abjurar sus religiones y recibir el bautismo con el nombre de María Isabel. La desesperación del indio no tuvo límites; impotente para vengarse de un enemigo tan poderoso que todo lo arrebataba de una vez: sus dominios, sus riquezas, el amor de la que iba a ser su esposa y hasta la fe en sus dioses. Desde entonces, entre las ruinas de un templo que había por el antiguo reino de Tlacuitlapán, se veía un indio triste y demacrado, mal cubierto con un manto de lana, contemplando el camino que llevaba a la Capilla de Mexicapán, levantada por los españoles para culto de la Virgen de los Remedios.

Después de que se perdía esta comitiva, se echaba a llorar el indio y se escondía entre las ruinas, donde tenía su morada. Un día no se le vio más, lo buscaron y lo encontraron muerto y con asombro reconocieron al que fuera soberbio y valiente Xólotl y entre sus dedos encontraron una flor, símbolo de su amor por Xúchitl que significaba flor. Tiempo después abrieron un callejón en el sitio que ocupan las ruinas de aquel templo, el vulgo lo llamó “Callejón del Indio Triste”

Leyendas de Zacatecas – Callejon De Los Perros

Callejon De Los Perros

El estrafalario nombre de “Cajón de Riales” con que el vulgo moteaba a Doña Nicolasa Rojas, se debía a que cuando algún indiscreto aludía a las muchas riquezas que se presumía estaba reuniendo, ella contestaba: “Apenas un cajoncito de riales para mantener a mis animalitos”, porque su casa contenía multitud de perros de todos tamaños, razas y colores. Su oficio era de prestamista, su casa estaba situada detrás de la calle de la estación de Ferrocarril y era la mejor y la más grande de aquel barrio; tenía un postigo por donde hacía sus operaciones financieras a fin de que nadie penetrara en su antro, cosa que nadie deseaba por temor a los perros. Todo el mundo la aborrecía, por el alboroto que armaban por las noches especialmente de luna, los vecinos no podían dormir.

Se rumoraba que traficaba con alhajas robadas, pero nadie se atrevía a denunciarla. En una ocasión llegaron los titiriteros a esta Ciudad y pusieron su carpa en la “Plazuela de Carretas”, eran tres hombres y dos mujeres con aspecto de gitanos; uno negro parecía el jefe. “Doña Cajón”, que nunca iba a ninguna parte, asistía todas las noches a sus funciones. A la salida, el negro la acompañaba a su casa. La última noche la vieron los vecinos cenar con los artistas en una fonducha instalada cerca de la carpa. Al día siguiente amaneció robado el Santuario de Nuestra Señora del Patrocinio de la Bufa; una gran indignación causó en toda la ciudad el sacrilegio atentado; las autoridades tomaron cartas en el asunto, pero nada lograron remediar.

Pocos días después hubo cambio de personal en el rastro y el nuevo mozo no supo de la obligación de llevar la carne hasta la casa de “Doña Cajón”, por la noche los aullidos de los perros se hacían insoportables, hasta que los vecinos espantados por esa espantosa jauría se vieron obligados a quejarse a las autoridades. El espectáculo que presenciaron los curiosos que acompañaron a los policías fue horrible: en un inmundo cuarto yacía “Doña Cajón” devorada por los perros. En un armario había multitud de joyas y entre ellas, las robadas a la Virgen del Patrocinio, igualmente que sus vestiduras. Todo el mundo atribuyó justo castigo del cielo la muerte horrible de la prestamista. Desde entonces se denomina Calle de los Perros.